– Una mirada familiar, proveniente de una vida pasada –
Ayumi es una mujer joven viajando sola por primera vez. Un viaje de introspección que le ayude a entender más de sí misma y su entrada a la vida adulta.
Hoy sería su último día en Kyoto, y aún recuerda con nostalgia su llegada a la ciudad.
Bastante calmada, y con un aroma único. Similar a la esencia de una familia que queda resguardado en una casa.

Kyoto tenía un olor a miel de maple tostado y a flores. Parecido al de un jardín frondoso que lleva horas siendo azotado por el sol.
Por la mañana Ayumi guardó en su pequeña mochila color ocre las herramientas que la acompañarían durante su día: Una botella de agua, su diario, una cámara de film con 2 rollos, y su cartera.
De camino al Family Mart notó con interés el paso de la gente frente a ella. Preguntándose a dónde irían todas estas personas, con tanta prisa y con un objetivo claro en mente.

El desfile de gente amenizó su desayuno; un sandwich, un pancito de chocolate y un café americano. Se sentía en un restaurante de lujo a un lado de un poste de luz y sentada sobre una banqueta que al mismo tiempo servía como mesa.
Hacía calor, aproximadamente 34ºC, y era momento de caminar 2 horas bosque adentro.
Ayumi tomó su segunda foto del día. Estaba satisfecha, tan satisfecha que el dolor de sus piernas se había adormecido.

Moría por contar su experiencia de vuelta en casa cuando su viaje termine…
Camino a la estación dejó a su mente divagar, imaginando como si por un instante, toda su infancia la hubiera pasado aquí, en una ciudad grande pero no tan grande.
Se narró realidades alternas, donde ella fue pequeña y asistía a la escuela local.
Haciéndose preguntas como: ¿Qué tipo de amigos tendría?, ¿Cómo serían las tardes después del colegio?, ¿A que jugaría los fines de semana, y en dónde?
En el metro se encontró con un grupo de amigos. Más jóvenes que ella, seguramente entre 22-24 años. Reían y jugaban sin pena. Inquietante, sobre todo por las costumbres del transporte público de Japón.
Disfrutó mucho de observar en silencio a gente joven siendo ruidosa e incómoda para los demás. Imaginando cómo hubiera sido crecer con ellos como amigos.
Se visualizó usando converse y shorts cortos, de camino a su siguiente aventura. Con la seguridad de que la juventud sería eterna.

En el centro de la ciudad, su estomago le pedía darse el lujo de una «comida de adulto» por lo que decidió entrar a un restaurante pequeño de sushi.
El lugar estaba vacío. Al entrar descubrió la causa; El sitio no ofrecía menú en inglés. Este simple hecho resalto su pretensión por comer algo fuera de lo común.
Mientras veía cómo su orden llegaba a su mesa, notó entrar a un hombre con su hijo, un pequeño niño de alrededor de 4 años. Un buen hombre convertido en padre, amable con los meseros y gentil con su niño.
¿Cómo sería su vida si decidiera ser madre?. Una idea que de vez en cuando sin permiso entra a su cabeza.
¿Es normal sentirse culpable por no estar segura de ese deseo?, ¿Cómo seria renunciar a su vida infantil, dónde se puede dar el lujo de ser descuidadamente valiente?
Debatiendo internamente los sacrificios y bondades de tener un bebé, nace la verdadera pregunta; ¿Por qué quisiera ser madre? La auto-realización no puede venir de criar a otro ser humano, ¿O sí? Por ahora la respuesta es no.
Aún así no puede evitar imaginar lo bello que sería ir con un pequeño ser acurrucado en sus brazos, incorporándose a su persona como si fueran uno mismo.

Después de un par de horas, caminando por la calle, vuelve a encontrarse al hombre con su hijo, solo que ahora con la mamá a un lado.
Feliz de ver el cuadro completo de la familia, se fue haciendo poco a poco consciente de que el pequeño bebé con su pequeña manita la saludaba.
Un niño que validó su existencia, que con un ademán sutil la hizo sentir tiernamente admirada. Una mente inocente que se alegró de su presencia.

Se va haciendo de noche, y el sol está apunto de colapsar. Hora de regresar al Airbnb para preparar maletas. El día de mañana temprano saldrá su tren rumbo a Kawaguchiko y no quiere retrasarse ni un momento.
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A un lado de la estación del tren, una melodía mística entonando Here Comes the Sun de los Beatles.
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La música acaricia los oídos de Ayumi. Una terrible curiosidad recorre su cuerpo y la hace perder el metro para ir a escuchar un poco más de cerca.
Al acercarse, se encuentra con un hombre…

Un adulto ya grande, sentado en el suelo con su guitarra, una libreta de partituras y un poco de dinero de las propinas que la gente daba.
Su cabeza calva, con poquito pelo blanco le recordaba a un rostro familiar. Su cuerpo delgado por la vejez, y su ropa gris le recordaban a su abuelo.
Para Ayumi, aquel hombre no estaba cantando por propinas. Estaba cantando por el sol, como si se estuviera llegando a los créditos finales del día, celebrando la puesta de sol, en un volumen elevado y contento por un día más de vida.
Con su mirada tierna y tímida, atrapada entre los pasos de las personas. Sintiendo que sus piernas estaban imantadas al suelo.
Razonando la entropia del universo que la había traído hasta acá.

El recuerdo de un sueño profundo que tuvo tan solo esa misma noche dio propulsión a sus lágrimas. Extrañaba tanto a su abuelo, que quería abrazar a aquel tierno cantante.
Llevaba con ella un dolor parecido a una nueva extremidad; imposible deshacerse de ese dolor, imposible caminar y no sentirlo.
En ese momento deseaba con todo el corazón estar con su familia, sobre todo, que su familia se tele-transportara hasta dónde se encontraba ella, para juntos contemplar el momento.
Finalmente se acerco al hombre, le dió el poco efectivo que tenía en sus bolsillos, y le regaló una mirada profunda pero suave de sus ojos color rosa por las lagrimas.
En su viaje de regreso a casa, entre la tristeza y el ahogo, logró percibir una emoción de plenitud que vino a confortarla. Durante todo el día recorrió un mundo emocional que iba desde la infancia, la maternidad y la muerte.
Ya no requiere ningún tipo de estimulo, porque ahora esta completa, como un pequeño perrito que solo entiende de vivir en el presente.
Al día siguiente por la mañana, Ayumi llegó a la estación del Shinkansen temprano. Combinada con la multitud cargando sus maletas.
Y sin pedirlo, apareció ante ella una respuesta a sus preguntas.
La Mamá que viajaba.


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