Llevo un par de días en Oaxaca. Vine sin expectativas. Con un itinerario liviano. Y la maleta casi vacía.

Eso si, traigo unos 5 o 6 rollos de film, un par de cámaras y 3 libretas de bolsillo.

En mi último viaje a Japón fue que aprendí a soltar los itinerarios ajustados que contaban hasta los minutos que debía pasar en el baño…

¿Cuál ha sido mi experiencia hasta ahora?

En el centro de Oaxaca se presenta una exposición de rebeldía contra la opresión turística. Principalmente contra extranjeros gringos.

Y claro, ya me he deleitado viendo a varios güeros caminando descalzos por el pavimento hirviente. ¿Motivo…? Desconozco.

Entiendo el cansancio. Personalmente llevo conmigo la impotencia de que al viajar dentro de mi propio país es necesario esperar precios altísimos, comida emblandecida para paladares extranjeros, que me hagan el feo, y que cuando pasa algún güero con su divisa en el bolsillo le digan —Good afternoon my friend—- con mucha más alegría que a mí. (Claro, los dólares son mucho más convenientes que los pesos).

Ignorancia.

¿Que puedo hacer?

En realidad, no mucho.

Ser turista-foráneo-extranjero viene con el precio de la superficialidad. Aspirar a vivir la autenticidad de una comunidad requiere de compromiso a largo plazo. (Diría que tal vez 1 año mínimo).

Y aunque la sensibilidad social para mi es muy importante, hay que ser cuidadosos de la línea delgadita que reside entre sensibilidad y condescendencia, que obligadamente todos hemos transgredido cuando visitamos nuevos territorios.

Debemos sabernos ignorantes para después aprender. Comprender lo que evade nuestra mente para entonces poder entender…

Quejarnos del turismo, mientras somos turistas, equivale a quejarnos del tráfico mientras conducimos nuestro propio coche.

Autocensura.

Como fotógrafo amateur, con gusto por la fotografía documental, es complicado andar, y sentir que no doy paso sin huarache…

Con cuidado de no transgredir la cotidianidad de los habitantes, pero con un horrible temor de las policías digitales que defienden a capa y espada lo que tampoco ellos conocen.

Quisiera entender mejor los problemas complejos que atañen al turismo. Y voy muy de acuerdo que el turismo de consumo, al menos a mi parecer, no es lo mío.

Prefiero viajar como Flaneaur. Dominado por la curiosidad, y manejado por la espontaneidad. Haciendo pláticas pequeñas pero auténticas, sin buscar beneficios, más los que vienen intrínsecos de una buena conversación.

Nota: Infinitamente agradecido con Marina, su mamá y su abuela. Que me dejaron acompañarlas en este viaje. Mujeres que admiro muchísimo, y de quienes aprendo un sin fin de valores que ninguna escuela puede dar.

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