«Esta entrada es una breve narración de mi último viaje en compañía de la Dinastía Alamilla. Abuela-Madre, Madre-Hija, Hija-Nieta.»

Juntos pasamos 4 días en Puerto Escondido, y durante nuestra estadía me permití escribir una bitácora con sucesos que encontré bellos, chistosos y cálidos.»

Eran las diez de la mañana. El airbnb que rentamos es de arquitectura «brutalista». (Mi única referencia de Brutalismo viene de la película «El Brutalista». Una disculpa de antemano a todos los arquitectos del mundo).

Nos levantamos para salir a desayunar. Caminamos por la calle principal de Punta Zicatela. Si conoces algo de ésta área, seguramente sabes que aquí se concentran el 99% de las tiendas – «100% handmade by mindful local artisans who are fed with wellness and mate» -.

Encontramos el sitio recomendado por el chico español que administra el Airbnb. «Aguamala«. La verdad es que la iluminación del lugar era excelente, meseros y perritos de la calle recorrían las mesas, el ambiente juvenil hacía que la atmósfera tuviera un aire ligero. Así como toda nuestra estancia, desayunar en Aguamala, se sintió como un perfect brunch para la Dinastía y su servidor.

Ese día me pedí una orden de chilaquiles diseñada para dos como yo. La abuela, con ánimo de desafiar su apetito pidió un omelette especial, mi esposa y mi suegra secundaron mi orden, aunque con salsas distintas.

Llegando nuestra comida una multitud de caninos se acercaron a la mesa, con los ojos bien abiertos, dispuestos a intercambiar un cariño por un totopo. Y así fue. Primero alimentamos a «Frijol» un perro con mohawk playero, de voz rasposa, ojos saltones, y colmillos salidos como el viral «Chilaquil». Después a una pequeña color blanco y manchas cafés. Era el paraíso para mi suegra que adora darle de comer a los perros cuando estamos en la mesa. Y yo, me deje llevar,

Aquí tienes mendigo Frijol.

—Grrracias amigo.


Por la madrugada nos despertamos debido al seguro de la puerta corrediza que era muy alto para las tres mujeres, así que esa noche me levanté lo suficiente como para tener tres sueños distintos.


Durante la mañana yo había reservado asistir a clases de Surf a Puerto Carrizalillo. El lugar parecía una postal, una bahía de película que para llegar hasta ella tendríamos que bajar 113 escalones llenos de arena, agua y grava.

Un grupo de jóvenes puerteños habían formado su academia de surf para turistas. Sus pieles requemadas por el sol, pelo como pintado por usar shampoo de manzanilla, y dedos de los pies chuecos por tanto golpe en las rocas que rodean el puerto. Nuestros instructores eran Alexis, y Alexis «El Chino».

Recuerdo que nadamos Marina y yo hasta el mero fondo del mar. A un sitio que tal vez ninguno de los dos había alcanzado antes. El agua estaba fría pero aclimatable casi al instante, el sol apenas comenzaba a salir, eran las 7:00 de la mañana.

—No estes nerviosa dijo Alexis.

—¡Nostoynerviosaaaa! Respondió Marina.

—Si estás, relájate y nada suaveee

—¡Averya! No estoy nerviosa. 🙂

—Pero que sí estáaaas.

Morí de risa escuchando el dialogo. Aunque sin avisar y cuestión de segundos, el callado mar ya me había llevado a una distancia considerable del tumulto. Recuerdo haberme sentido solo, a la deriva, en completo silencio. Una calma preocupante, porque aunque nada se movía, todo se movía. Regresé para tomar mi primera ola…

Mi instructor, o mi tutor era Alexis «El Chino». Un chavo de 20 años, que cuando le pregunté me advirtió que tenía 10 años surfeando. (A los 10 años yo aprendí a andar en bici, que tal eso Chino).

Llegó la hora de la verdad, mi primera ola, estaba tan nervioso sintiendo el revoloteo del agua debajo de mi tabla. Mis piernas como de pollo se tambalearon y como lo esperaba, caí de espaldazo sobre el agua.

—¿Qué pasó? —me preguntó el Chino.
—Pos me caí —respondí, seco.

—Relajate… se trata de divertirse nomas, no lo sobrepienses Me dijo como si yo fuera un marciano, o peor: un adulto que había perdido la capacidad de divertirse.

Tienes razón Chino. Me dije a mí mismo. Qué importa si me caigo y todos se ríen, o peor, me muero ahogado y todos cuentan mi trágica historia cuando regresen a sus casas en Italia, España o Estados Unidos.

Volví a internarlo, ahora una ola más grande, y que termino siendo algo cordial para mi segundo intento en la vida. Me sentí contento y me gané una breve anécdota del Chino.


—Hace dos años, saliendo de la escuela, vine a surfear como siempre —empezó a contar El Chino—.
Recuerdo que una ola me volcó bien culero. Casi choco con las piedras de aquí abajo. Intenté salir sin pedir ayuda, pero tres pinches olotas me cayeron encima. Y la neta, sí pensé que ahí había quedado.
—¿Y qué hiciste? —pregunté, aunque claramente había sobrevivido.
—Pues sentí que me iba quedando dormido. Como que dije: ya… aquí fue. Pero en eso me acordé de mi mamá y pensé: qué oso le voy a hacer pasar si me muero aquí. Así que me recuperé y salí como pude, chsm…
Me quedé acostado sobre mi tabla, recobrando el aire. Pensando que nunca volvería a surfear. Llegué a mi casa bien emputado. Me encerré en mi cuarto y no le dije nada a mi mamá.
—¿Y cómo volviste a surfear? —volví a preguntar.
—Pasó un tiempo. Y me dije: no seas tonto. Si esto es lo que quiero hacer y me divierte, pues que te revuelque una ola es parte de esto. Entonces volví.
—Wow —dije.
—Sí, wow —dijo él.


Volviendo al airbnb…

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