¿Qué piensas?, ¿Me reconoces?, ¿Qué son los días para ti?, ¿Cuál es tu signo?, ¿Volteas a ver a tus recuerdos?, ¿Qué opinas de la rutina que forme para ti?.
Preguntas que pronuncio en silencio a mis perros mientras ellos disfrutan de una rascada fenomenal en la frente.
Han pasado tres meses desde mi viaje a Puerto Escondido. Tres meses desde que camine la calle principal de Zicatela.
Hombres y mujeres de mediana edad, con tonos de piel que murmuran los días que han pasado allí. Conduciendo motonetas, leyendo poesía, fumando mariguana, bebiendo mate y agua salada.
Mujeres, perros, hombres y gatos, todo y todos, recostados en la arena, a veces sobre telas, a veces sobre toallas, a veces completamente inmersos en la textura rasposa de la tierra.
Reconozco que dicho estilo de vida hoy es sujeto de comedia entre mis círculos sociales, sin embargo, no puedo evitar pensar en lo envidiable.
¿Cuánto tiempo necesita alguien en Zicatela para curar el chocante peso de su origen? ¿Cuánto tiempo podrá posponer la asfixiante nube de otra rutina?
Sí caminas por la zona, será inevitable que te ofrezcan abundante hierba, que veas tantos cuerpos jóvenes bañarse en sol, y que escuches música tan variada.
Definitivamente extraño bailar en un edificio resquebrajado por la humedad y el sol, acompañado de 15 personas extrañas—y un perro, bebiendo agua mineral con limón, al son ácido psicodélico de La Parafernalia de Charlie Brownie.
Reposar mi ser en una tabla de surf por la mañana, beber mucho café, trabajar y escribir.















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