Durante las últimas semanas, Marina y yo hemos comenzado un proceso nuevo y emocionante. Juntos nos dispusimos a tomar terapia de pareja.
Aunque para darte un mejor background, ésta no es la primera vez que acudimos a un profesional de la mente humana.
Ya a inicios del año nos animamos a entrar a un proceso de terapia en un centro que aparentaba ser lo más profesional; un edificio con bastantes consultorios, muebles sin vida, paredes blancas y azules (ideales para endormecer los estímulos).
Nuestra primera impresión no fue de lo más placentera, la doctora que nos atendió simplemente no reflejaba el estilo que tenemos Marina y yo. Desde la decoración de su consultorio, hasta las palabras que entonaba en notas que para nosotros parecieran infantiles.
Seguramente la doctora es bastante buena, como dicen, quienes estudian psicología lo hacen para comprenderse a sí mismos, y aquello me parece de lo más ideal para todo ser humano. Sin embargo al cabo de 3 semanas de «diagnóstico» decidimos darle cortón, y con paciencia esperar a una persona tal vez más… como nosotros.
Pasaron semanas que se convirtieron en meses, días que parecían noches, y peleas rutinarias que nos desgastaron por mucho tiempo.
Las tareas de la casa, los cuidados de nuestros perros, el reconocimiento laboral y las finanzas personales eran un pan que comíamos casi cada fin de semana, y verdaderamente no tenía el mejor sabor.
Una noche mientras dormía en mi nueva habitación—la sala de nuestro hogar—pensé en un contacto que llegó a mí gracias a una querida maestra de hace mucho tiempo. Dormí muy bien aquella noche por cierto.
Contactamos a la Doctora María Luisa Rivera del Centro Kariel. Con quien fuimos a nuestra primera sesión inmediatamente una semana después de una gran pelea.
En su consultorio hay un gran ventanal que apunta a una terraza interna de la casa, llena de plantas y flores. Está fresco, y los muebles tienen bastante estilo. Algo sofisticado, y que ambos disfrutamos bastante.
De fondo se escuchaba música de estilo Sade, y en su escritorio una lámpara pequeña verde apuntaba a sus notas.
Ella nos ha hecho volver por separado a cada uno, algo que considero atinado pues me permite desenredar sin cuidado los nudos de mi garganta.
Su especialidad son las constelaciones familiares, dinámica que no convence del todo a Marina, y que finalmente me hace admirarla un poco más pues ha llevado muy enserio sus sesiones desde que comenzamos, dejado de lado su prejucio.
Recientemente tuvimos una sesión juntos, y los tonos de voz de Marina y mío se han nivelado bastante desde aquella sesión. Donde ella tendía a tener una voz fuerte, dura y tajante mientras que yo huía y silenciaba mis pensamientos, ahora compartimos algo que podría ser mucho más equitativo y satisface a los dos creo yo como nunca lo habíamos hecho.
Hemos descubierto el poder de los espejos, y la inherente naturaleza de convertirnos cada uno en el espejo del otro. Por lo que, cuando estamos decaídos en nuestro interior, solemos reflejarlo en las características del otro, por lo tanto dañando nuestra confianza en nosotros y llevándonos la confianza del otro en el camino.
También hemos observado con respeto y mayor claridad a nuestra ascendencia. Las batallas que han librado nuestras abuelas, y nuestras madres. Y cómo honrar sus luchas al traicionar nuestro linaje. Es decir, tomar todo lo que podemos aprender de sus actos—muchas veces inconscientes—y aprender a desprendernos de tomar los mismos caminos que ellas y ellos ya recorrieron, y no es necesario recorrer otra vez.
Hacer que nuestro interior surja todos los días de su estrecho escondite para aparecer en una nueva forma muy propia de cada quien, que nos lleva a vivir con un calor en el pecho constante, y mantenerlo. Sin presión, sin dolor, sin retos (que tanto a mi me encantan).
Con gusto.

Deja un comentario