Pascual & Leonor – Septiembre del 2025
La suerte de Leonor & Pascual era que, aun siendo tan jóvenes, aquellos nombres que tenían les sumaban treinta años a cada uno. Los hacían fanáticos de leer hasta quedarse dormidos antes de las once de la noche, o de evitar beber café después de las tres porque podría provocarles tres días de insomnio.

La tarde del 6 de septiembre, Leonor & Pascual tenían programada su tercera sesión de terapia de pareja “preventiva”, término que consideraban más adecuado, pues su relación era de lo más infalible. A prueba de todo. Galardonados como la pareja del siglo.
—¡¿Cómo vas?! —preguntó Leonor a su marido, después de recorrer el labial con exactamente el mismo ritual, izquierda a derecha, derecha a izquierda, que hacía todos los días. La entonación de la pregunta confesaba sutilmente en lenguaje español:
Vamos tarde, y es por tu culpa. Esto será lo primero que escuche la doctora Elvira Sánchez Arteaga, y así la tendré de mi lado desde ahora en adelante. Tú no lo sabes, ni siquiera te lo hueles, pero ahora mismo te diriges por tu ridícula voluntad a tu propia derrota, sucia sabandija que a todos lados llega tarde.
Aquel paquete de palabras con todo y su interior hizo su camino por las escaleras, recorrió un pasillito y entró por la puerta del baño donde sonaba “Clandestino” de Manu Chao. Pascual dio un salto de la regadera y contestó: —¡Ya estoy, vámonos!
Pascual procedió a recostarse en la cama, vistiendo una toalla blanca como toga de la antigua Grecia, con el cabello empapado sobre la almohada, y su preciado par de joyas oreándose al aire. Dispuesto a ver Reels en su teléfono, consideró que tenía cinco maravillosos minutos antes de que fuera tarde, tarde, TARDE.
Pasados ocho minutos, de manera milagrosa, Pascual salió de su trance y, como pudo, dio un salto de la cama, se secó los huevos, tropezó, planchó su pantalón que aún quedó arrugado cuando se lo puso y, con el cabello ahogado como trapo, se encargó de dejar rastros de agua por toda la habitación. Cosa que su perro agradeció, pues no había bebido agua en todo el día.
—Listo, vámonos, ya llevo cartera y llaves —dijo Pascual en voz alta mirando hacia Leonor, aunque en realidad se lo decía a sí mismo.
—Ya vamos tarde, ¿estabas trabajando?
—Ajá.
Tras un camino de frenética cordialidad fingida, llegaron tres minutos tarde al consultorio de la doctora Elvira Sánchez Arteaga —💫 Psicóloga especialista en la gente feliz que no lo demuestra tanto 💫—.
Antes de entrar, el teléfono de Pascual comenzó a sonar con una alarma. Era una junta del trabajo que tenía programada a la misma hora y que había olvidado. Sabía que su participación no era necesaria, pero decidió abrirla solo para hacer acto de presencia.
Ausente en su junta y ausente en terapia. Pascual comenzaba a desaparecer.
Leonor era aficionada a la decoración de interiores; desde pequeña consideró que su gusto era elevado para la humanidad, por lo que entrar al consultorio de la doctora Elvira siempre le producía una aguda alergia. La habitación estaba forrada de elementos y peluches de Lilo & Stitch, la película que Leonor aborrecía desde pequeña.
—Tengo los resultados de su diagnóstico, ¿quieren verlos? —preguntó la joven doctora, meneando de un lado a otro su pluma azul con una cabeza de Jumba empalada bestialmente en la parte superior.
—Sí, nos hace el favor —respondió Pascual, conteniendo su ataque de ansiedad mientras paraba la oreja izquierda para escuchar su reunión, y con la derecha a la doctora.
—Pues resulta, joven Pascual y joven Leonor, que ambos están… enfermitos. Pero no es de alarmarse, mi esposito y yo pasamos por algo similar, y lo hemos aprendido a controlar muy fácilmente. Por ejemplo: la otra vez yo estaba ya muy, pero muy enojada en una comida familiar, y mi esposito ideó en su mente brillante un movimiento sutil y secreto. Cada vez que él se rasca la cabeza del lado derecho me da a entender que estoy a punto de perder los estribos y no me he dado cuenta.
—Nos vendría bien una señal secreta; generalmente, las señales que Leonor me da son bastante obvias, diría yo.
—Sí, y tal vez con estas señales podamos inclusive hacernos de hábitos más sanos, como, no sé… SALIR TEMPRA…
La doctora Elvira cortó en seco a Leonor:
—Pah, pah, pah, pah, pah, shhhh. ¡Claro! De eso se trata la terapia, Leonor, de que encuentren una manera silenciosa y cautelosa para suprimir… digo, digerir sus emociones. Mi esposo y yo tenemos ya unos siete años sin pelear —dijo Elvira, maravillada de sí misma.
—Wow —replicó Leonor.
—En fin, los acompaño a la puerta. Recuerden que esta fue solo su tercera sesión de diagnóstico; la que sigue ahora sí será la buena. Comenzaremos a ver por qué odian tanto a sus papás y aprenderán a evitar verlos en su propia pareja.
—¿De verdad ya fue todo?
—Sí. Ah, bueno… su pago, ¿será en efectivo o transferencia?
Pascual sacó de su bolsillo un billete de quinientos pesos medio arrugado, se lo entregó a la doctora y procedieron a caminar rumbo a la puerta de cristal, donde se encontraba un hombre alto, delgado, de traje holgado, sin duda dos tallas más grandes que él. Pascual no pudo evitar notar un curioso reloj azul de Stitch en su muñeca derecha.
—Ah, miren. Les presento a mi esposo, el doctor Ruvalcaba.
—Mucho gusto —dijo el hombre mientras pasaban a su lado, y dejaba ver en su parietal derecho un pedacito pelón escondido entre su corto cabello blanco.
En la calle, fuera del consultorio, hacía mucho calor. Eran las 2:20 p. m.
—Tengo hambre —dijo Leonor.
—Tenemos todavía cuarenta minutos. Ahí enfrente hay unos tacos, dicen que están buenos, ¿vamos?
—Hmmm, ok.
Entraron al desolado restaurante. En el mostrador, una señora con el corte de cabello de un niño de siete años, lentes y maquillaje pronunciado. Frente a ella, un trompo de carne al pastor gestionado por un señor muy delgado, con gorra blanca y bigote de pescado.
—Sí gustan tomar asiento, en un momento los atendemos.
Pascual escogió la mesa, arrinconada a un lado de una ventana para sentir un poco de brisa exterior. Estaban seguros de que tendrían tiempo para comer ahí mismo; sin embargo, el aroma a marinado de pastor seguro sería para llevar.
—¿Qué opinas del veredicto de Elvira? —dijo Leonor mientras se sentaban.
—Me sorprendió —respondió Pascual sin expresión.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—Todo este tiempo consideré que la única demente de la relación serías tú. Aunque no me puedo fiar de ella, hay algo en su consultorio que aún no me cuadra, y no estoy seguro de qué es.
—¿Serán los muñecos de Disney? Había mucho, tal vez demasiado Lilo & Stitch por ahí rondando. ¿Sí sabes que odio esa película? Sobre todo a esa mocosa de Lilo. ¿Por qué tiene que ser tan demandante y mal portada? No la soporto —conjuró Leonor con frustración.
—Quizá… Aunque tal vez solo no confío en la terapia de pareja. En realidad, ¿cuál es su verdadero objetivo al tratarnos? Obviamente recibe un pago monetario con el mero propósito de que un matrimonio no deje de serlo, pero ¿no está forzando, a su vez, una relación que quizá no deba ser? Para mí, sería más razonable que si una pareja está unida por las razones equivocadas, el trabajo del terapeuta sea ayudarlos a ver eso.
—¿Qué tal si la pareja no quiere justo ver eso? Imagina a todos los abuelitos mexicanos que, tras golpes, infidelidades, mentiras y un sinfín de drama, siguen estando juntos. Es más, me atrevería a pensar que si tú y yo llegamos a carecer de las razones correctas, deberíamos… ¿separarnos? ¿Lo has pensado?
—Bueno, pero tú y yo somos perfectos el uno para el otro, por todo lo que hemos pasado juntos —contestó Pascual, un poco agitado y confundido.
—No creo que las razones correctas se encuentren en los recuerdos del pasado, Pascual…
Al decir esto, las demás mesas cayeron en completo silencio. Como si el lugar entero hubiera sido transportado a un lejano sitio en la galaxia y el sonido no existiera, solo había una sorda tensión.
—¡Tres tacos de asadaaa! ¿Pada quién son? —interrumpió la mesera, que traía una gripa que no lograba esconder.
—Para la señorita, por favor.
—Muy bieeen, pdovecho.
—Gracias —dijo Pascual.
—Gracias —dijo Leonor.
—¿Crees que le haya puesto un poco de mocos a mi pastor?
—Ojalá —respondió Leonor, riendo.

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